Cola di Rienzo: de salvador a tirano

En la Antigua Roma hubieron destacados senadores, cónsules, tribunos de la plebe y emperadores. En el siglo XIV, el que ha sido denominado “último tribuno de Roma” intentaba retornar al glorioso pasado romano para acabar fracasando estrepitosamente: hablamos de Cola di Rienzo.

Los inicios: de la pobreza al Vaticano

Nuestra historia de hoy comienza allá por el siglo XIV, un momento de extremada crisis para Europa, ya incluso antes de que llegara la Peste Negra en 1348. Hablamos de un personaje bastante desconocido a priori que, no obstante, llegó a alcanzar un gran protagonismo en su tiempo: Nicola Gabrini, más conocido como Cola di Rienzo. Nació en la propia Roma en 1313 y, aunque lo hizo en el seno de una familia pobre (su padre era tabernero, y su madre, lavandera), recibió una buena educación y acabó siendo notario, un cargo que le ayudó incluso a entrar al servicio del Papa Clemente VI.

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Retrato de Cola di Rienzo

Desde 1309 la corte papal se había movido de Roma a Avignon, en el Sur de Francia, por lo que los ciudadanos romanos clamaban, cada vez con más fuerza, que el papado retornara a Roma. Cola di Rienzo se ganó tanto la confianza del Papa que éste lo incorporó a su corte como notario de la Cámara Apostólica, pero el puesto exigía residir en Roma, así que volvió a su ciudad natal en 1344.

El preferido por el pueblo de Roma

Este retorno, no obstante, no fue tranquilo, ya que, como letrado, había llevado a cabo varias denuncias por corrupción contra los nobles más poderosos de Roma, básicamente los Colonna y los Orsini. En oposición a éstos, supo ganarse al pueblo y hacerlo jugar en su favor; poco quedaba en el siglo XIV de la Roma Clásica más que algunas ruinas y éste personaje se propuso recuperar el viejo esplendor promocionando obras públicas. Durante tres años fue ganando adeptos y, en 1347, aprovechando unos altercados callejeros, convocó a la gente frente al Capitolio donde, con un gran discurso, convenció al pueblo romano de su voluntad por realizar profundos cambios en favor de éste y en contra de los aristócratas, levantando así una gran oleada de entusiasmo entre un populacho que pronto forzó a los nobles a abandonar la ciudad.

Poco quedaba en el siglo XIV de la Roma Clásica más que algunas ruinas

En cuestión de días Cola di Rienzo era nombrado tribuno de la plebe, cargo que en época clásica era elegido en la asamblea popular (concilium plebis) y que tenía la función de representar a la plebe romana ante las magistraturas patricias (básicamente Senado y altas magistraturas como los cónsules). Se convirtió así en el gran salvador de Roma, ya que cumplió sus promesas de poner fin al desorden en las calles y frenó en parte la creciente delincuencia recibiendo elogios incluso de personajes coetáneos de la talla de Petrarca.

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Busto de Cola di Rienzo en el mirador del Pincio, Roma

No obstante, su plan era más ambicioso: con la idea de que Roma recuperara el poder que tenía en época antigua sobre toda la Península Itálica, propuso a las demás ciudades italianas que enviaran un representante para establecer una especie de república federal, aunque él sería la única cabeza visible de ésta. De hecho, organizó una ceremonia grotesca pero cargada de simbolismo cuando se hizo nombrar algo así como “dictador”; se bañó en la piscina de Letrán, donde se suponía que se había bautizado Constantino, el primer emperador romano cristiano, y luego subió al Capitolio donde se hizo coronar seis veces. Incluso aseguró ser hijo bastardo del emperador germano Enrique VII.

De la fama al destierro y la muerte

Esto fue demasiado para el Papa, quien se reunió con los nobles romanos para devolverles el poder. Además, Cola di Rienzo se comportaba cada vez más como un tirano, organizando multitud de fiestas y exigiendo al pueblo cada vez más impuestos para llevar a cabo sus ambiciosos proyectos. Clemente VI llegó a excomulgarlo, mientras que los nobles organizaban un ejército para deponerlo con las armas. No obstante, el tribuno les venció en la batalla de Porta San Lorenzo, gracias a la ayuda que obtuvo de Luís I de Hungría. Aun así, el pueblo cada vez lo toleraba menos y, viéndole las orejas al lobo, él mismo abdicó y huyó de Roma.

Cola di Rienzo ganó amigos por todas partes, o eso creía él. En 1350 viajó a Praga para que el emperador Carlos IV le ayudara a recuperar el control de Roma, pero éste lo encarceló y se lo entregó al Papa en Avignon un año más tarde. Fue juzgado y condenado a muerte, pero la suerte le ayudó a librarse al morir el Papa en 1352 y subir al pontificado Inocencio VI, quien también era contrario a los clanes romanos; se suele decir que “los enemigos de mis enemigos son mis amigos”, y así fue como el nuevo pontífice lo indultó, nombrándolo además senador y enviándolo de nuevo a Roma al frente de una pequeña tropa de mercenarios. Entró triunfal en la ciudad y consiguió imponer de nuevo su poder absoluto, pero esto duró solo un año, hasta que el pueblo se hartó de su despotismo: el 8 de octubre de 1354 asaltaron su palacio y acabaron por matarlo a palos para, finalmente, arrojar sus restos al Tíber.

Se suele decir que “los enemigos de mis enemigos son mis amigos”

A pesar de su amargo final, este personaje sería encumbrado de nuevo en el imaginario popular ya en el siglo XIX, cuando los diferentes Estados existentes en la Península Itálica se unifican y conforman el relativamente joven país de Italia (1870), una acción que ya había intentado nuestro amigo tantos siglos antes.

Hoy en día podemos observar un monumento dedicado a Cola di Rienzo en la Cordonata, la escalera que sube al Capitolio, mirando a la izquierda, a los pies de la iglesia Santa María in Aracoeli. En esta aura de nacionalismos característica del siglo XIX incluso Wagner le dedicó una de sus grandes óperas: Rienzo, el último tribuno.

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Escultura de Cola di Rienzo en la Cordonata, subiendo al Campidoglio de Roma

Si quieres conocer más sobre Cola di Rienzo o los lugares aquí nombrados te esperamos en nuestros recorridos donde te contaremos todos los secretos de la Ciudad Eterna.

Arrivederci!

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